La paciente

Con cada día que pasa y algo nuevo aprendido, recuerdo al pequeño grupo de médicos generales de la ciudad de Camoapa, ese que me enseñó el valor de las personas más humildes, que se encuentran en la montaña y aún así viven más unidas que cualquier familia de ciudad.

Muchos cuentos y chiles podemos encontrar tanto en la ciudad como en el campo, unos ya formando parte del folclore de ese municipio de Boaco.

La paciente. (Microcuento)

Las recetas, medicamentos y procedimientos se iban disipando lentamente, después de una ardua semana era lo menos que esperaba, merecía descansar más de lo acostumbrado y lo estaba consiguiendo en esa mañana de sábado. No me importaba el refunfuñeo de mi estómago, castigado la noche previa por uno de esos “turnos negros“ a los que ningún médico le tiene aprecio, solo quería dormir y olvidar, ese fin de semana, que había hecho el juramento de atender al que lo necesitara.

Para mi desgracia la tecnología, de la que me enamoré, ahora me traicionaba y a eso de las nueve de la mañana, cual despertador hostigoso, timbraba mi teléfono celular.

― ¿Quién será? ¿Dejé algo sin completar?
― Aló doctor, soy yo “la paciente” de ayer, me mandó un examen y me dijo que me vería hoy, acá estoy.

Desgracia de ciudad pequeña, dónde esconderse para que no te encuentren, todos saben de todos, ni modo, a atenderla.

Sí, era aquella paciente, añejada por el tiempo y seguramente por los quehaceres del hogar, noté su cabellera mojada quizás disimulando un baño, y al acercarme ese perfume que por poco desata mi inseparable rinitis alérgica.

― Acá estoy, fui al centro pero solo hay enfermeros, por eso que lo molesto. Y sigo con el asco y ese dolor en el vientre que no me deja dormir.
― Pase, no importa, la voy a revisar, veamos que es lo que la molesta.

La invito a que se recueste en un canapé improvisado, busco una toalla, como es costumbre, la coloco al lado de la paciente y le pido que señale con una mano cuál es el sitio de su molestia. Con su mano derecha, compuesta de largos dedos que revelaban su oficio de lavadora de ropas, llevó su dedo índice hacia su región doliente, en realidad que era el vientre.

Pido que baje un poco su pantalón “jeans” y coloco la toalla sobre su ropa interior, dejo al descubierto aquel abdomen blanco, marcado por las estrías que habían dejado sus partos previos. Colocado a la derecha de la paciente procedo al examen clínico, con una palpación suave y bimanual inicio alejado de su punto de dolor, la delgadez de la paciente se evidencia por sus pronunciados puntos de referencia anatómica, sobre todos sus crestas ilíacas; todo ha salido bien hasta ahora, sin embargo debo ser insidioso en tal chequeo.

Sigo a la vez con un interrogatorio para mezclarlo con lo que me revelará la palpación abdominal. Mi susto, no encuentro manifestaciones de aquel dolor que no dejaba dormir. Como debe ser, dirijo mi mirada hacia su rostro para notar signos de malestar, sin querer y para mi sorpresa, cuando me encuentro palpando su región púbica, la “paciente”, esa que no reía antes porque se manifestaban las arrugas de su rostro, mordía su labio inferior, mientras sin notarlo soltó un efímero gemido.

― ¡Hay Dios!, dije, ya sé que tiene “la paciente”. Es gadejo señores, “gadejo”.

FIN
Dedicado a Dr. Salvador Guzmán/ Primer médico al que le oí diagnosticar esa enfermedad.

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2 pensamientos en “La paciente

  1. Pingback: Los números de 2010 « @drjorgealvarado

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